Son poco más de las ocho de la mañana. Me levanto, tras intentar volver a dormir una y otra vez. En silencio bajo las escaleras, los demás duermen.

Al llegar abajo lo primero que hago es salir a la ventana. Da a una carretera general, donde los coches siguen pasando con una frecuencia que me sigue llamando la atención. Un vecino, el mismo de siempre pasea con su perro. Sabía que lo tenía, pero hasta ahora no había descubierto que le gustaba pasearlo, siempre se encargaba su hija o su mujer. Ahora es él, quien se ocupa de que el animal salga una y otra vez, una y otra vez. Qué generoso es el animal, ahora es él quien pasea a su dueño,es el animal quien tranquiliza la conciencia de su preocupado dueño cuando una y otra vez se ve obligado a salir a la calle.

Ventanas
Ventanas

Del otro portal sale la vecina a tirar la basura, esta noche debió de hacer limpieza mientras todos dormíamos, porque ayer por la noche también la sacó. Estoy por regalarle un traje de torero, para que haga sus paseíllos al contenedor al tiempo que los demás, agitamos el pañuelo blanco para premiar su cara dura.

Como cada día a un coche blanco aparca al lado del parque, tras abrirse la puerta, el conductor se baja, llevando una bolsa en sus manos. Se acerca al río, y comienza a lanzar lo que se supone que es alimento para los patos, palomas y demás fauna de la zona. Qué importante es cuidar a los patos, menos mal que este valiente se atreve a poner su vida y la de los demás en riesgo para que los patos no tengan hambre. Que no me crujan los amantes de los animales, a mi también me gustan, pero ahora mismo prefiero que todo esto acabe cuanto antes y que sea mi hija la que pueda lanzar las migas de pan a los patos.

En medio de todo esto decido cerrar la ventana, ya he tenido suficiente dosis de realidad por hoy. Desgraciadamente, la misma que tengo cada día y en cada momento que me asomo a la ventana. Por mi salud mental, trato de olvidar lo visto.

Me quedo con la gente que sale un día a la semana y si es necesario. Me quedo con los que han renunciado a ver durante no se sabe cuanto a sus mayores, la única manera que tenemos hoy de cuidarlos. Me quedo con los policías que patrullan las calles, con los miembros de Protección Civil que llevan la compra a quien lo necesita. Me quedo con los trabajadores de los supermercados, que cada día ponen en riesgo su vida y la de sus familias para que nuestras despensas no se vacíen. Despensas que apuesto que nunca estuvieron tan llenas.

Mañana volveré a salir a mi ventana, seguramente volveré a ver a los mismos inconscientes que se creen inmortales y más listos que nadie. Cerraré la ventana y me acordaré de los que aportan su granito de arena renunciando a su libertad. A esos que en esta etapa tan dura, arriman su hombro para que mi confianza en el hombre siga en pie.